Vestibulum, en Casa Decor 2026
Actualizado: hace 7 minutos
Verónica Montijano e Ignacio Goitia convierten su espacio de Casa Decor 2026, en un territorio donde el arte, el interiorismo, el tiempo y el humor, conviven.

Hay espacios que parecen pedir una solución, otros piden algo mucho más difícil, ser escuchados. Este año en Casa Decor, Verónica Montijano e Ignacio Goitia se encontraron frente a uno de esos lugares. Un espacio estrecho, alto, irregular, atravesado por puertas, un ascensor y una circulación constante. Un lugar concebido para pasar que ellos decidieron convertir en un lugar para quedarse a charlar y viajar por cada uno de sus rincones.
La clave estuvo precisamente ahí: en escuchar antes de construir.

Y quizás ahí comienza lo verdaderamente interesante de esta colaboración.
Verónica Montijano conoce el espacio desde la mirada de quien lleva años entendiendo el interiorismo como una forma de ordenar la belleza. Ignacio Goitia llega desde el arte, desde la pintura, desde un universo propio en el que las épocas, los personajes y las historias parecen haberse desprendido de la cronología para encontrarse en un mismo instante.
Dos mundos diferentes, dos personalidades diferentes y, sin embargo, una misma intuición: el espacio tenía que hablar antes de ser intervenido.
“Lo más importante para mí es que hemos escuchado el espacio”.
La frase de Ignacio resume buena parte del proyecto, porque en lugar de luchar contra la arquitectura existente, decidieron conversar con ella.
La belleza de lo imperfecto
A primera vista, el espacio parece simétrico, pero no lo es, las paredes cambian de anchura, las proporciones se alteran, los huecos no responden exactamente a un mismo orden. Para Verónica, acostumbrada a buscar armonía, aquello suponía un pequeño desafío, para Ignacio, precisamente ahí estaba la oportunidad. La solución apareció en un concepto que terminaría convirtiéndose casi en una filosofía del proyecto: el manierismo.

La perfección clásica comienza a quebrarse, las columnas se inclinan, los espacios se comprimen, las proporciones dejan de obedecer estrictamente a una regla y aparece una nueva tensión. Aquello que podía parecer un defecto se transforma entonces en lenguaje y el espacio deja de necesitar ser perfecto, para necesitar personalidad.
Es una idea profundamente contemporánea: la belleza no siempre nace del orden; a veces aparece cuando aceptamos aquello que no podemos ordenar.
Verónica, perfeccionista y amante de la simetría, terminó entrando en el juego y quizás esa sea una de las grandes virtudes de esta colaboración: permitir que el otro nos desplace unos centímetros de nuestras certezas.
Un diálogo construido
a cuatro manos
Lo interesante de esta historia no está únicamente en el resultado, está en la manera de llegar hasta él. Verónica e Ignacio hablan de respeto, admiración, generosidad y, sobre todo, de escuchar. No hubo una batalla entre arte e interiorismo, hubo conversaciones una idea llevaba a otra, una pieza encontraba su lugar. Un papel pintado reclamaba unos peces, una lámpara provocaba un nuevo dibujo, una alfombra dialogaba con el techo, una mesa cromada devolvía el espacio convertido en reflejo.

Como en un Tetris —en palabras de Verónica—, las piezas fueron encajando, pero había algo más.
Ninguno quiso
ocupar el territorio del otro.
Verónica podía pensar en la lámpara, la mesa, la silla, la circulación o la proporción, Ignacio podía pensar en la pintura, el personaje, el relato, la escala o el tiempo y entre ambos apareció un tercer espacio, el que no pertenece completamente a ninguno y nace de los dos.
Un techo
que deja de ser techo
Uno de los gestos más fascinantes del proyecto se encuentra mirando hacia arriba. La gran moldura existente se convirtió en una oportunidad para construir una nueva lectura del espacio. Inspirado en una cúpula cuadrada relacionada con la Domus Primani de Venecia, Ignacio introduce su particular universo gráfico, los peces aparecen como protagonistas de una especie de movimiento suspendido, el techo deja de ser simplemente un techo, para convertirse en profundidad, en relato, en una puerta hacia otro lugar y cuando el visitante mira hacia arriba, ya no sabe exactamente dónde termina la arquitectura y dónde comienza la obra de arte. Esa confusión es deliberada, porque para Goitia, trabajar el interiorismo desde el arte significa precisamente eso, construir un espacio desde el dibujo, desde la percepción, desde la posibilidad de que cada elemento cambie la posición del resto.

El espejo
como máquina del tiempo
Hay otro elemento que desempeña un papel esencial: el espejo.
En un espacio pequeño y estrecho, el espejo podría ser simplemente un recurso funcional para ganar amplitud, aquí es mucho más. El suelo dialoga con el techo, la moqueta reproduce el lenguaje de los casetones, el reflejo multiplica la arquitectura y una figura situada sobre una puerta parece tirar del espacio hacia otra dimensión. La perspectiva deja de obedecer a una sola dirección y el visitante entra en un lugar que parece continuar más allá de sus límites físicos. Es una pequeña trampa visual y también una metáfora perfecta del proyecto.

Porque Goitia trabaja precisamente con esa ruptura de las fronteras, entre pasado y presente, entre pintura y arquitectura, entre realidad y ficción.
El tiempo
no tiene una sola dirección
Quizás uno de los aspectos más personales de la intervención de Ignacio Goitia sea la convivencia de personajes pertenecientes a épocas aparentemente incompatibles. Un motorista puede aparecer junto a referencias clásicas, una figura romana puede compartir escenario con elementos contemporáneos. No es un capricho, es su manera de entender el tiempo. Para Goitia, pasado, presente y futuro conviven en un presente continuo. Las ciudades acumulan siglos y nosotros caminamos por ellas mezclando arquitecturas, épocas y memorias sin preguntarnos demasiado a qué siglo pertenece cada cosa. Por eso el motorista puede ser también un caballero, cambian las máquinas, cambia la ropa, pero permanece la idea del hombre que busca su propia libertad, su propio ritmo y su propio camino. El tiempo, en este espacio, no avanza, convive.
Y entonces aparece el humor
Hay algo especialmente valioso en el universo de Ignacio Goitia: la capacidad de hacernos sonreír, en medio de referencias históricas, arquitectónicas y artísticas, aparece de pronto un personaje inesperado, una ruptura, un pequeño gesto gamberro, una sorpresa.
Verónica lo explica con naturalidad:
la obra de Ignacio siempre me ha provocado una sonrisa.
Y quizás ese sea uno de los grandes secretos de este espacio. No pretende solemnizar el arte, lo hace habitable, lo acerca, lo convierte en una conversación.
Como disimular un ascensor dentro del espacio, en medio de un pasillo, pues para Ignacio, integrándolo en su mundo y dandole protagonismo y lo llama Ascensus, el ascensor romano.
¿Hacia dónde conduce Ascensus?
Cada visitante puede decidirlo, tal vez hacia el cielo, tal vez al infierno, tal vez hacia otro lugar, o simplemente hacia uno mismo.

Una lámpara, unos peces
y una decisión inesperada
Entre las piezas que ayudan a construir el relato aparece la lámpara C.R.I. Criss Cross —la pieza de Ingo Maurer—, concebida como una red luminosa de pesca.
Pero incluso aquí la colaboración volvió a transformar la idea inicial.
Si hay una red, pensaron,
¿Por qué no incorporar peces?
De nuevo, nada permanece aislado, la lámpara modifica el papel pintado, el papel pintado transforma la lectura de la lámpara, el color encuentra su correspondencia en los tulipanes de la mesa, la mesa refleja el espacio, la moqueta reproduce el techo, el techo conversa con el suelo y el conjunto termina funcionando como una única obra. Eso es interiorismo cuando deja de ser decoración y se convierte en una composición.

Una habitación
que también respira
La selección de mobiliario a cargo de Veronica, continúa esa conversación, las sillas del siglo XVIII, procedentes del anticuario Jorge Portuondo, introducen una referencia histórica que encaja naturalmente con el universo de Goitia. La mesa cromada, en cambio, rompe, refleja, deforma, transforma creando una imagen imperfecta del entorno y ahí vuelve a aparecer el manierismo. La simetría se busca para ser inmediatamente alterada, el orden existe para que podamos disfrutar de su ruptura, la perfección sirve como punto de partida, no como destino.

Criaturas
que invaden el espacio
Las esculturas de Benskel y Spandler fueron creadas especialmente para Casa Decor a partir del proyecto. No son simplemente objetos colocados dentro de una estancia, son criaturas, personajes que parecen haber llegado allí desde otro tiempo y que ahora conviven con la arquitectura.
Su ubicación tampoco es accidental, los artistas recibieron el proyecto, trabajaron sobre él y decidieron junto a Verónica e Ignacio dónde debían aparecer. Como si el espacio hubiera comenzado a poblarse lentamente, como si sus habitantes hubieran estado allí antes que nosotros y quizás esa sea la sensación que queda al recorrerlo: que no estamos entrando en una decoración, sino en una historia que ya ha comenzado.

La noche en el museo
Pero el proyecto todavía tenía una vida secreta. Cuando Casa Decor cierra y las luces se apagan, el espacio cambia. Verónica tuvo una idea: dar vida a las figuras y nació esa pequeña Noche en Vestibulum en la que los personajes abandonan su quietud y empiezan a moverse. El vestíbulo vacío adquiere entonces otra dimensión, los personajes cobran vida, los peces se desplazan, el motorista aparece, las imágenes dejan de ser imágenes. Es una extensión natural del proyecto: si durante el día el visitante entra en la obra, durante la noche la obra entra en movimiento.
La tecnología no sustituye al arte, simplemente permite contar una historia que antes estaba escondida.
La verdadera arquitectura
de una colaboración
Verónica Montijano e Ignacio Goitia nos cuentan la experiencia vivida antes de Casa Decor, durante el montaje, había que instalar una moqueta fabricada específicamente para el espacio, casar las grecas, respetar los tiempos de producción y trabajar en un lugar por el que continuaba pasando todo el edificio. No había demasiada épica, había cansancio, esperas, decisiones rápidas, personas cargando materiales y momentos de tensión, pero también apareció algo mucho más importante: la empatía.
Esperar al otro, dejar pasar, ceder, entender, volver a levantar una pieza, volver a colocarla.
Aceptar que el otro puede tener razón, porque una colaboración no se demuestra cuando todo funciona, se demuestra cuando algo no funciona y nadie necesita ganar. El resultado un espacio increíble que te sumerge, te hace detenerte y formar parte de el durante unos instantes.
Dos miradas,
una experiencia
Verónica Montijano e Ignacio Goitia han conseguido algo especialmente difícil: que sus universos no desaparezcan dentro de una tercera identidad. Siguen estando ellos, está la precisión de Verónica, la imaginación de Ignacio, la pasión por el detalle. Está el humor, el color, la arquitectura, el arte, pero, sobre todo, está el diálogo y quizás esa sea la verdadera lección que deja este espacio de Casa Decor 2026.

Que el interiorismo puede ser mucho más que una manera de vestir una habitación, puede ser una forma de pensar, una manera de contar, puede incluso convertirse en una pequeña obra de arte que nos obliga a detenernos en un lugar por el que, en otras circunstancias, simplemente habríamos pasado.
Escuchar antes de construir
Al final de la conversación, Ignacio vuelve a la idea con la que comenzó todo, escuchar el espacio y ahí está probablemente la esencia de esta colaboración.

Casa Decor es efímera, el espacio desaparecerá, la moqueta se retirará, los papeles serán desmontados, las esculturas viajarán a otros lugares, la arquitectura recuperará su silencio, pero quedará algo.
La memoria de haber convertido un lugar difícil en un lugar posible. De haber demostrado que las limitaciones pueden convertirse en lenguaje y que dos personas con universos muy distintos pueden encontrarse en un territorio común cuando existe respeto, curiosidad y generosidad.
Quizás por eso este espacio no habla realmente de decoración, habla de miradas.
De cómo miramos una habitación.
De cómo miramos una obra.
De cómo miramos al otro.
Y, sobre todo, de cómo a veces basta con detenerse unos minutos para descubrir que aquello que parecía un simple lugar de paso podía contener todo un universo de imaginación y creatividad estética.
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