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Sastrería Prats

  • VA
  • 27 dic 2025
  • 4 Min. de lectura

El arte invisible de la perfección

hecha hilo




En el corazón de Madrid, entre la prisa de los ejecutivos y el rumor de las corbatas bien anudadas, se esconde un templo del tiempo detenido, Sastrería Prats. Allí, Joaquín Fernández Prats, sastre de vocación y heredero de una tradición familiar, teje silenciosamente los sueños de quienes entienden que la verdadera elegancia no se compra, se construye, puntada a puntada.

“Yo no era buen estudiante”, confiesa con naturalidad, pero los hilos, los dedales y las agujas me llamaban desde niño. Lo dice con esa serenidad de quien ha encontrado su lugar en el mundo, entre la lana fría, el lino ligero y el terciopelo que suena como un susurro cuando roza el aire. A los trece años ya trabajaba junto a su padre en el taller familiar. No sabía aún que ese sería su legado, pero sí intuía que cada traje sería, con el tiempo, una pequeña obra de arquitectura sobre el cuerpo humano.





El sastre del IBEX 35


Se le conoce como “el sastre del IBEX 35”, un título que lleva con una modestia elegante, sin impostura, pero más allá del apodo, lo que define a Joaquín es su obsesión por el detalle.


“Da igual que le hagas veinte trajes perfectos a un cliente, si uno sale mal, ese será el que recuerde.”

Esa exigencia absoluta se refleja en su forma de trabajar, cada traje pasa por cinco manos y acumula entre 50 y 60 horas de trabajo artesanal. Todo, absolutamente todo, se hace a mano, desde el corte hasta el último pespunte. Porque para Prats, la máquina roba alma, y la prenda debe tenerla.





En su atelier, el cliente no solo se mide, vive una experiencia. Los sillones invitan a conversar, el ambiente destila calma, y el proceso se convierte en un ritual. Joaquín lo explica con una sonrisa: “Hay que venir y disfrutar de la sastrería. Esto no es una tienda, es una casa”.


Y lo es, una casa donde el tiempo no corre, sino que se deja observar, donde cada elección —el tejido, la botonadura, el forro, el cuello— se convierte en una decisión existencial.



Entre la tradición y la innovación


A pesar de la herencia clásica, Sastrería Prats no vive anclada en el pasado, Joaquín es un innovador discreto, capaz de reinventar lo esencial sin perder el respeto por la técnica. Ha creado la chaqueta Bentley de conducción, trajes ultraligeros y hasta modelos impermeables.





“En la sastrería uno pone la imaginación donde quiera”, comenta. Su visión ha atraído a una nueva generación de clientes jóvenes, herederos del gusto de sus padres, pero con una sensibilidad más moderna. Instagram y las redes sociales fueron su puerta al futuro, “Mostramos que la sastrería no es cosa de abuelos, se puede ser moderno, elegante y clásico al mismo tiempo”.

En este renacer, Joaquín no está solo, a su lado, Óscar Montero, maestro camisero de renombre, completa la experiencia con camisas hechas a mano, guayaberas, pijamas y poleras de punto. Una dupla perfecta que hace de la casa Prats un referente integral del vestir masculino contemporáneo.





El sello del trabajo bien hecho


Prats pertenece a la Asociación Española de Sastrería (AES) y es uno de los impulsores del Sello de Calidad A, una certificación que garantiza que la prenda está completamente hecha a mano. En un mercado saturado de promesas vacías y falsas etiquetas “handmade”, este sello se convierte en un compromiso ético con la autenticidad.





“La perfección es casi imposible”, admite, pero hay que rozarla con las manos. Quizá por eso, sus trajes parecen vivir una segunda piel en quien los viste, porque la verdadera elegancia, como él dice, no está en el corte, sino en la intención.



Un oficio que también es psicología


El sastre, más que un artesano, es un intérprete del alma. Joaquín escucha, observa, interpreta silencios.


“Hay que entender lo que el cliente quiere, lo que no dice, lo que necesita para sentirse él mismo.”


En su taller, ha vestido a ejecutivos, artistas, políticos y novios de última hora —literalmente— que han llegado desesperados a una semana de su boda. Algunos salieron de allí con el traje recién planchado y la emoción aún cosida al pecho.





De la moda al estilo


Preguntado por las tendencias, Prats sonríe con prudencia: “Nosotros no hacemos moda, hacemos estilo, somos atemporales.” Aun así, reconoce que el traje cruzado vuelve con fuerza, que los tejidos buscan ligereza, que las corbatas se relajan y los cuellos altos y camisas con estructura marcan el paso y que la elegancia española, tantas veces subestimada, vive un momento brillante:





“Tenemos un producto bestial, pero no sabemos venderlo, ahora empezamos a creérnoslo”.


Tres hombres elegantes


Cuando le pido que nombre tres hombres bien vestidos, duda, sonríe y responde:

Rafa Medina, Morante de la Puebla e Íñigo de Arteaga. No es casualidad, en los tres hay una naturalidad, una armonía, esa serenidad del que no necesita demostrar nada, como los trajes de Prats.





En un tiempo donde la inmediatez domina el mundo, Joaquín Fernández Prats sigue creyendo en el valor del proceso, en el arte de esperar y en el silencio de una aguja que atraviesa la tela.


Sastrería Prats no solo confecciona trajes, construye identidad, diseña confianza, perpetúa el gesto de un oficio que resiste a la fugacidad de la moda.

Porque en Madrid, en la calle de los Hermanos Pinzón 4, donde el hilo se convierte en carácter, aún hay un lugar donde el hombre se mide no por su talla, sino por su elegancia interior.




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