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Hotel Radisson Blue Madrid

  • Redactor
  • hace 30 minutos
  • 3 Min. de lectura



Donde el lujo baja la voz y

la experiencia toma la palabra


Madrid vive un momento extraordinario desde el punto de vista cultural, gastronómico, creativo y turístico, pero en medio de ese pulso acelerado, el verdadero lujo ya no es estar en el centro, sino sentirse en equilibrio dentro de él. Ahí es donde el Radisson Blu Madrid encuentra su lugar natural.





Situado en el Barrio de las Letras, frente al Museo del Prado y en la discreta Plaza de las Platerías, este hotel boutique de 58 habitaciones —seis de ellas suites— representa una forma más consciente de entender la hospitalidad, más cercana, elegante y profundamente humana.





El edificio, histórico y protegido, conserva incluso las marcas visibles de la Guerra Civil en su fachada. Un detalle que no se esconde, porque aquí el pasado no se borra, se integra como parte del relato. Madrid, al fin y al cabo, es una ciudad que se lee por capas.





Un hotel que

no compite, propone


Radisson Blu Madrid no busca imponerse con exceso, prefiere sugerir. Las habitaciones, algunas con balcón, permiten asomarse a la ciudad y vivirla desde dentro, pudiendo disfrutar incluso de vistas como el Museo Del Prado. El centro está a unos pasos, pero la sensación es de calma, un equilibrio difícil y muy valioso.

En la planta inferior, una de sus joyas más singulares, un spa tailandés concebido como experiencia sensorial completa. No es un complemento; es una declaración de intenciones. Bienestar entendido como pausa, como cuidado real, como silencio necesario y relajación.





La propuesta gastronómica sigue esa misma lógica, cocina mediterránea, productos locales y una carta que rinde homenaje al tapeo español de Madrid, sin artificios: croquetas, huevos rotos, patatas bravas... Tradición bien ejecutada y el brunch dominical de mejor calidad precio de la capital —con opciones clásicas y más saludables— amplía la experiencia tanto para huéspedes como para madrileños, a tan solo

36€.

Y cuando llega el buen tiempo, la terraza se convierte en un pequeño observatorio urbano: café, vermut y conversaciones que se alargan mientras Madrid pasa.





Liderar desde la cercanía


Al frente del hotel está Ana Zamorano, Directora General, y quizá el mejor reflejo del espíritu del Radisson Blu Madrid, su manera de dirigir no pasa por el despacho, sino por el lobby, el desayuno, la recepción…Escuchar a los clientes y al equipo es parte de su método. Formada en Administración de Empresas y Turismo, con una sensibilidad muy marcada hacia las personas, Ana representa un liderazgo contemporáneo: exigente, sí, pero empático y presente. Para Ana, el hotel no es solo una empresa; es un organismo vivo donde empleados y clientes forman parte del mismo ecosistema emocional.

Su visión del sector es clara, Madrid crece, la competencia aumenta y eso es positivo, pero la verdadera diferenciación ya no está en el número de estrellas, sino en la experiencia que se crea y en el recuerdo que se deja.





Por eso el hotel se mantiene en constante movimiento, eventos diseñados a medida, encuentros profesionales, reuniones privadas, afterworks, experiencias en el spa, celebraciones íntima, nada estándar, todo pensado desde la escucha.



El nuevo viajero urbano


El perfil de cliente confirma esa filosofía, aproximadamente un 60 % es nacional y un 40 % es internacional, con una presencia creciente de viajeros de Latinoamérica y Estados Unidos. Profesionales, viajeros culturales, turismo de salud, personas que llegan en tren, que corren por el Retiro, que buscan ubicación, comodidad y coherencia.

Radisson Blu Madrid no es un hotel para aislarse de la ciudad, sino para habitarla con sentido, para entenderla, para vivirla a un ritmo más humano y cercano.





Más que alojamiento,

una forma de estar


En un momento en el que todos compiten por llamar la atención, este hotel elige otro camino, el de la hospitalidad silenciosa, la que no necesita levantar la voz porque sabe exactamente quién es. Radisson Blu Madrid no promete lujo, lo ejerce, con calma y quizás por eso, al marcharse, uno no siente que deja un hotel, sino un lugar donde —por unos días— todo encajó.




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