Hermès Arceau Cavalier en Formes
Cuando te olvidas del tiempo y lo conviertes en arte

El Hermes Arceau Cavalier en Formes vuelve a llevar su particular manera de entender la relojería hasta un territorio donde la gran complicación, el grabado y la pintura miniatura dejan de ser disciplinas independientes para convertirse en una única expresión artística.
Bajo la aparente serenidad de un Arceau se esconde una extraordinaria concentración de savoir-faire. Un reloj concebido para contemplar tanto como para llevar, donde el tiempo parece quedar suspendido entre capas de oro, zafiro, pintura y luz.
Un Arceau convertido en lienzo
Desde su creación en 1978, el Arceau ha construido su identidad alrededor de una estética reconocible: una caja redonda, líneas asimétricas y una inequívoca inspiración ecuestre, pero quizá una de sus mayores virtudes sea precisamente su capacidad para transformarse sin perder aquello que lo hace reconocible.
En el Cavalier en Formes, Hermès convierte esa identidad ecuestre en una composición de inspiración cubista. El punto de partida pertenece al ilustrador Gianpaolo Pagni, quien originalmente creó la imagen para un pañuelo de seda de la Maison.
Su inspiración procede de una litografía ecuestre perteneciente a la colección Émile Hermès. Pagni conservó uno de los elementos esenciales de aquella imagen —la silla de montar— y reconstruyó la figura del jinete mediante una sucesión de formas geométricas.

Círculos, cuadrados y fragmentos parecen dispersarse sobre la esfera. Sin embargo, cuando la mirada se detiene, la figura ecuestre emerge de nuevo.
Es una manera muy Hermès de contar el tiempo: descomponer la realidad para volver a construirla de una forma inesperada.
Una esfera que se pinta
por dentro y por fuera
La verdadera sofisticación del Arceau Cavalier en Formes aparece cuando nos acercamos a su esfera.
Un cristal de zafiro, delicadamente pintado por sus dos caras, funciona como una superficie transparente sobre la que se construye una escena tridimensional. Bajo ella aparecen pequeñas láminas grabadas, mientras las formas geométricas pintadas a mano sobre el azul liso introducen diferentes niveles de profundidad.
En el centro de la composición aparece un caballo grabado en oro amarillo, la luz encuentra entonces diferentes superficies, atraviesa el zafiro y se refleja sobre el grabado y la pintura. El resultado no es una esfera convencional, sino una pequeña arquitectura visual. Aquí está una de las grandes virtudes de esta pieza: la decoración no se coloca sobre el movimiento; dialoga con él.

El reloj deja de ser únicamente un instrumento mecánico para convertirse en un espacio en el que diferentes oficios artesanales trabajan al mismo tiempo.
El tiempo también tiene una voz
A las seis en punto aparece uno de los grandes protagonistas mecánicos de esta creación: un tourbillon Lift.
Su jaula retoma el motivo de la doble H asociado al histórico ascensor de la boutique de Hermès situada en el número 24 de la rue du Faubourg Saint-Honoré, en París.
Es un detalle que resume bien la filosofía de la Maison, incluso cuando la relojería alcanza una extraordinaria complejidad, la referencia no necesita ser evidente. Puede permanecer casi escondida, como una historia que solo descubre quien observa el reloj con atención.
Pero hay otra complicación que permanece invisible hasta que se solicita su presencia.
El Arceau Cavalier en Formes incorpora una repetición de minutos, una de las grandes complicaciones tradicionales de la relojería mecánica. Mediante el movimiento H1924, el reloj puede transformar el tiempo indicado en una sucesión acústica de horas, cuartos y minutos. El tiempo, literalmente, adquiere voz
y quizá sea esta la metáfora más hermosa de toda la pieza: primero se contempla, después se descubre y finalmente se escucha.
El calibre H1924
En el interior late el movimiento de manufactura H1924, mecánico de cuerda manual y fabricado en Suiza.
Sus dimensiones alcanzan los 30 mm de diámetro y 6,1 mm de grosor. Ofrece una reserva de marcha de 90 horas y trabaja a una frecuencia de 21.600 alternancias por hora, equivalentes a 3 Hz.
Sus funciones reúnen horas, minutos y repetición de minutos, mientras el tourbillon aporta esa fascinante danza mecánica visible a través de la esfera.
Es una arquitectura pensada no solo para la precisión, sino también para generar emoción.

Porque la gran relojería contemporánea ya no puede medirse únicamente por el número de complicaciones que contiene un movimiento. También debe juzgarse por la manera en que esas complicaciones consiguen relacionarse con el universo estético del reloj y aquí Hermès establece una relación particularmente elegante entre mecanismo y artesanía.
Seis relojes. Seis oportunidades de contemplar el tiempo.
La caja de oro blanco mide 43 milímetros de diámetro y está protegida por cristal y fondo de zafiro con tratamiento antirreflejos.
Solo existen seis ejemplares del Arceau Cavalier en Formes. La cifra convierte cada pieza en algo más próximo a una obra de arte que a un producto de producción convencional. No porque su exclusividad sea el objetivo principal, sino porque el proceso artesanal que contiene difícilmente podría entenderse desde la lógica de la repetición industrial.

La correa de aligátor mate en azul abisal, confeccionada en los talleres de Hermès, completa una composición dominada por el azul profundo de la esfera y el brillo cálido del oro amarillo. El conjunto posee una extraña cualidad: es sofisticado sin necesidad de exhibirse.
La verdadera complicación:
Hacer que todo parezca sencillo
Existe una paradoja en las grandes creaciones de Hermès, cuanto más complejo es el objeto, más natural parece. El Arceau Cavalier en Formes reúne una esfera trabajada mediante pintura miniatura sobre y bajo zafiro, aplicaciones de oro grabadas y pintadas a mano, un tourbillon, una repetición de minutos y un movimiento de cuerda manual de alta complejidad.
Y, sin embargo, cuando se contempla, nada parece querer demostrar cuánto trabajo hay detrás. Esa discreción es quizás una de las formas más sofisticadas del lujo.
La Maison no parece preguntarse cuánto puede añadir a un reloj, sino cuánto puede contar sin perder ligereza.
Es la misma filosofía que encontramos en otros territorios de Hermès: objetos concebidos para acompañar la vida, pero capaces de convertir lo cotidiano en algo extraordinario.
El lujo de detenerse
En una época obsesionada con la velocidad, la repetición de minutos introduce una idea casi subversiva, escuchar el tiempo, no mirarlo, no consultarlo, no utilizarlo para llegar a la siguiente cita, escucharlo.
El Arceau Cavalier en Formes propone precisamente eso, una pausa.
La complicación por excelencia de la alta relojería Suiza, deja entonces de ser una demostración de virtuosismo técnico para convertirse en una experiencia sensorial. El tourbillon gira, la luz atraviesa el zafiro, el caballo aparece entre formas geométricas y, cuando se activa la repetición de minutos, el reloj nos recuerda que cada instante posee su propio sonido.

Quizá ahí resida la verdadera singularidad de este Hermès que no intenta dominar el tiempo, intenta devolvernos a él.
Y eso, en un mundo que corre demasiado deprisa, puede ser una de las complicaciones más extraordinarias que puede ofrecer un reloj.
«El tiempo, en Hermès, no se domina: se contempla, se escucha y se convierte en emoción.»
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