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Exposición Vilhelm Hammershøi

  • hace 1 día
  • 3 Min. de lectura

Museo nacional Thyssen-Bronemisza




El ojo que escucha


Hay exposiciones que se visitan y hay otras que se atraviesan en silencio, como quien entra en una estancia sagrada. La nueva muestra dedicada a Hammershøi en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza pertenece a esta segunda categoría: no se mira, se respira.


En una era saturada de estímulos, su pintura funciona como una pausa estratégica. Un espacio de descompresión visual y emocional. Hammershøi —maestro danés del silencio— no pintaba escenas; pintaba estados del alma.





La arquitectura del silencio


Su paleta es casi ascética, grises, blancos, negros, ocres suaves y sin embargo, nunca fue pobreza cromática, sino decisión radical. Al eliminar el ruido del color, elevó la luz a categoría estructural. Cada cuadro es una lección de síntesis, menos como declaración de principios.


El propio artista hablaba de la “actitud arquitectónica” de la imagen. Las líneas, las puertas entreabiertas, los marcos sucesivos de habitaciones que se conectan sin tocarse. La composición se convierte en una coreografía geométrica donde la perspectiva es narrativa.



El apartamento como universo





Gran parte de su obra se desarrolla en su propio hogar en Copenhague, el mismo espacio, una y otra vez y sin embargo, nunca es el mismo. Como si el interior fuese un laboratorio de contemplación, puertas abiertas que no revelan del todo, habitaciones que invitan a imaginar lo que sucede —o no sucede— más allá. Aquí no hay objetos superfluos ni decoración ornamental. El vacío es el protagonista, la ausencia es materia.


En términos curatoriales, la exposición permite entender cómo esa repetición no es limitación, sino profundización. Hammershøi no exploraba el mundo exterior; excavaba en el interior.



Figuras de espaldas,

el espectador como cómplice





Uno de sus gestos más reconocibles es colocar a las figuras —frecuentemente su esposa, Ida Ilsted— de espaldas o ensimismadas. No nos ofrecen el rostro, nos ofrecen la posibilidad de proyectarnos. No sabemos qué piensan y ese vacío psicológico es una invitación, el espectador completa la escena y convierte la obra en espejo.


En un mercado artístico que buscaba grandes narrativas y simbolismos explícitos, Hammershøi eligió la ambigüedad. No explicó significados ocultos, no impuso lectura, delegó en quien mira. Esa libertad es hoy profundamente contemporánea.



Un artista fuera del canon…

hasta que el tiempo lo alcanzó





Difícil de clasificar —ni plenamente simbolista, ni estrictamente realista— quedó durante décadas en los márgenes del relato oficial del arte europeo. Tras su muerte en 1916, su nombre se fue diluyendo. Fue redescubierto en los años ochenta, cuando una sensibilidad más minimalista y contemplativa supo reconocer su modernidad latente. Hoy es uno de los pintores daneses más reconocidos y valorados internacionalmente.


Paradójicamente, su obra parece más actual que muchas propuestas nacidas en nuestro propio siglo.



La experiencia irreemplazable





Hay algo esencial que la exposición subraya con contundencia, ver un Hammershøi en pantalla es casi una traición involuntaria. Sus grises no son planos; vibran. La luz no es uniforme; respira. La textura del óleo contiene microvariaciones que solo se revelan en presencia física.


Frente al original, el tiempo cambia de velocidad, el ritmo se ralentiza, el cuadro impone su tempo y uno sale distinto de como entró.



El lujo de la calma





Para una sociedad hiperconectada, esta exposición es una inversión en atención plena, una experiencia premium en términos emocionales. No hay espectáculo, no hay exceso, no hay estridencia, hay coherencia, profundidad y una belleza que no exige, sino que acompaña.


Hammershøi pintaba el silencio y en el Thyssen, ese silencio se vuelve audible.


A veces, el arte no grita, susurra y quien sabe escuchar, encuentra en ese susurro una forma distinta de mirar el mundo.





El 21 de febrero, Almudena Maíllo, concejal delegada de Turismo del Ayuntamiento de Madrid, y Evelio Acevedo, director gerente del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, inauguraron la exposición, que ha comenzado el 17 de febrero y estará en el museo Thyssen hasta el 31 de mayo de 2026.




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