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EL DÍA DE LA REVELACIÓN by Steven Spielberg

  • hace 2 horas
  • 7 min de lectura


Spielberg vuelve a mirar al cielo y esta vez no busca extraterrestres, busca respuestas sobre nosotros.


Steven Spielberg, durante más de cinco décadas ha conseguido algo bastante más difícil, que es enseñarnos a mirar, con sus ángulos de cámara e iluminación indirecta, que te hacen sentir dentro de la película. La música que te transmite la emoción del momento y las temáticas tan excepcionales.





Nos enseñó a mirar el mar antes de que apareciera el tiburón. A mirar el cielo cuando unas luces imposibles comienzan a bailar sobre nuestras cabezas. A mirar una bicicleta suspendida contra la luna. A mirar un mundo habitado por criaturas que, quizá, no son tan diferentes de nosotros.


Ahora Spielberg vuelve a levantar la mirada y lo hace con El día de la revelación (Disclosure Day), una película que recupera uno de los grandes territorios de su cine —el contacto con lo desconocido— para llevarlo hasta una pregunta profundamente contemporánea:



¿Qué ocurriría si la humanidad descubriera que no está sola y, sobre todo, si descubriera que alguien llevaba mucho tiempo ocultándolo?





La respuesta de Spielberg no es exactamente una película sobre extraterrestres, es una película sobre la verdad.


Y sobre el miedo que tenemos a conocerla.


Hay algo deliberadamente emocionante en que sea Spielberg quien regrese a este territorio, porque el cineasta que convirtió el encuentro con lo desconocido en una experiencia casi espiritual con Encuentros en la tercera fase y que después transformó al extraterrestre en un amigo perdido en E.T. vuelve ahora al mismo cielo, pero desde otro lugar. Han pasado décadas, el mundo también ha cambiado, ya no vivimos únicamente en la era de los grandes secretos gubernamentales, vivimos en la era de las filtraciones, la inteligencia artificial, la desinformación, las teorías conspirativas, los algoritmos, las redes sociales y una sospecha permanente hacia cualquier institución que afirme poseer la verdad.





Spielberg entiende perfectamente ese cambio y por eso El día de la revelación no pregunta solamente si existen extraterrestres, pregunta algo mucho más incómodo:


¿Quién tiene derecho a decidir qué verdad puede conocer una sociedad?


La película parte de una premisa sencilla y extraordinariamente poderosa: existe información sobre vida extraterrestre que ha sido ocultada durante años y una serie de personas intenta sacar esa verdad a la luz. Universal define la película como un thriller original de ciencia ficción, y la campaña promocional está construida precisamente alrededor de la idea esa gran pregunta: si alguien nos demostrara que no estamos solos, ¿nos asustaría?


Spielberg sabe que la pregunta importa más que la respuesta.



Emily Blunt, el rostro humano de lo imposible
Emily Blunt, el rostro humano de lo imposible

En el centro de la película está Emily Blunt

y es una elección magnífica de transmitir algo más que el tiempo.


Blunt posee algo que Spielberg necesita, la capacidad de interpretar a una persona aparentemente corriente mientras el mundo empieza a dejar de serlo, su personaje, Margaret Fairchild, es meteoróloga. Una mujer acostumbrada a observar el cielo desde una perspectiva científica y cotidiana, pero Spielberg coloca muy pronto esa mirada racional frente a algo que escapa a cualquier explicación convencional.


Y ahí comienza el viaje.





Blunt no interpreta el asombro como una caricatura, lo interpreta como desconcierto, eso es importante, porque Spielberg siempre ha entendido que el auténtico terror ante lo desconocido no consiste en gritar, consiste en quedarse quieto, mirar y no saber qué decir.



Josh O’Connor y la rebelión contra el secreto
Josh O’Connor y la rebelión contra el secreto

Josh O’Connor interpreta a Daniel Kellner, un experto en ciberseguridad que conoce desde dentro la maquinaria encargada de proteger determinada información y aquí aparece una de las ideas más interesantes de la película: el héroe spielbergiano vuelve a ser un individuo corriente atrapado dentro de una estructura extraordinariamente poderosa.


No hay un superhéroe, no hay un salvador elegido, hay personas. Personas que saben algo que los demás no saben y que deben decidir qué hacer con ese conocimiento.


O’Connor aporta fragilidad, inteligencia y una cierta melancolía que encaja muy bien con el universo del director.





Spielberg siempre ha tenido debilidad por personajes que se encuentran fuera de lugar: El niño de E.T.; el científico de Jurassic Park; el padre de La guerra de los mundos; los protagonistas de Encuentros en la tercera fase.


Ahora tenemos a alguien que sabe demasiado y quizá esa sea otra forma de estar perdido.



Colin Firth, cuando el secreto se convierte en poder
Colin Firth, cuando el secreto se convierte en poder

Colin Firth aporta la otra cara de la ecuación, su personaje representa esa estructura que considera que determinadas verdades no pueden ser entregadas al mundo sin consecuencias y aquí Spielberg introduce una cuestión política sin necesidad de convertir la película en un panfleto:


¿Puede una autoridad ocultar una verdad si cree que lo hace para protegernos?


Es una pregunta incómoda porque no admite una respuesta sencilla.


Si existiera evidencia irrefutable de vida extraterrestre, ¿debería conocerla inmediatamente toda la humanidad?





¿Habría que preparar primero a la sociedad?


¿Quién decidiría?


¿Los gobiernos?


¿Los científicos?


¿Las organizaciones internacionales?


¿Las plataformas digitales?


¿Y qué sucedería cuando alguien pudiera fabricar una falsa revelación indistinguible de una verdadera?



La película encuentra ahí uno de sus territorios más contemporáneos, la dificultad de distinguir entre verdad, información y manipulación.





Janusz Kamiński: fotografiar el miedo


Spielberg vuelve a trabajar con Janusz Kamiński, su colaborador habitual desde La lista de Schindler. La fotografía es fundamental para entender qué película quiere hacer Spielberg.


Kamiński no fotografía el fenómeno extraterrestre como una atracción, lo fotografía como una anomalía, como algo que invade nuestro mundo, continuamente a lo largo de la historia.


Eso conecta directamente con una de las grandes tradiciones visuales del director, lo extraordinario funciona mejor cuando aparece dentro de lo cotidiano.


Una carretera, Una casa, Una habitación, Un rostro, El cielo y de repente algo no encaja. Ese es el verdadero territorio de Spielberg.


No necesita destruir una ciudad para provocar interés al espectador, le basta con hacer que una persona mire hacia arriba.



Y entonces aparece John Williams


Hay colaboraciones cinematográficas que ya forman parte de la historia del arte:

Fellini y Nino Rota, Hitchcock y Herrmann,

Tarkovski y Artemyev, Spielberg y John Williams.


El día de la revelación marca además un momento particularmente simbólico en esa relación, al tratarse de su trigésima colaboración cinematográfica y escuchar a Williams en una película de Spielberg sobre extraterrestres produce una sensación casi física, porque antes de que aparezca cualquier criatura, nave o revelación, la música ya nos está diciendo algo:


Prepárate para mirar más allá.


Williams no necesita repetir E.T., no necesita copiar Encuentros en la tercera fase.


Lo interesante está precisamente en que su música parece conversar con aquel Spielberg y al mismo tiempo, despedirse parcialmente de él. Como si dos épocas del cine se encontraran en una misma partitura.





Hay algo que conviene decir sin miedo.


El día de la revelación no es E.T., no es Encuentros en la tercera fase, ni pretende serlo y sería injusto juzgarla únicamente comparándola con dos de las películas que definieron la ciencia ficción moderna.


La nueva película tiene ambición, es un thriller conspirativo, ciencia ficción, drama humano, reflexión sobre la verdad, paranoia institucional, tecnología, contacto extraterrestre y una cierta meditación sobre la condición humana que conviven dentro de sus 145 minutos.


En ocasiones todas esas capas funcionan, en otras, se perciben las costuras.


El guion de David Koepp —colaborador de Spielberg en Jurassic Park, El mundo perdido, La guerra de los mundos e Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal— tiene ideas excelentes, pero no siempre consigue que todas respiren con la misma naturalidad y esa es probablemente la principal debilidad de la película.


Spielberg sabe exactamente qué quiere hacernos sentir, pero en determinados momentos redunda y explica demasiado aquello que sus imágenes ya habían conseguido expresar.





Spielberg pertenece a una generación de cineastas que aprendió que el espectador también debe imaginar:


El tiburón funcionaba mejor cuando no lo veíamos; el extraterrestre de E.T. funcionaba porque antes de conocerlo lo deseábamos.


En Encuentros en la tercera fase, la fascinación procedía precisamente de no comprender completamente aquello que estaba sucediendo.


Hoy vivimos en una cultura que exige respuestas inmediatas, todo debe explicarse, debe mostrarse, debe convertirse en contenido.


Y Spielberg parece querer recuperar algo que el cine contemporáneo ha ido perdiendo:


El misterio.


No siempre lo consigue, pero cuando lo consigue, vuelve a ser formidable.





La verdadera revelación


Y aquí está, en mi opinión, la clave de la película. El título puede parecer referirse a la revelación extraterrestre, pero la auténtica revelación es otra, Somos nosotros.


La película utiliza la posibilidad de un contacto extraterrestre como un espejo.


¿Qué hacemos cuando descubrimos algo que amenaza nuestras certezas?


¿Nos unimos?

¿Nos dividimos?

¿Desconfiamos?

¿Intentamos controlar la información?


¿Convertimos el acontecimiento más importante de la historia de nuestra especie en una guerra política?



Spielberg parece sugerir que quizá la llegada de otra inteligencia no sería necesariamente lo más peligroso, lo peligroso podríamos ser nosotros intentando gestionarla.


Y ahí la película adquiere una dimensión mucho más interesante que su argumento fantástico.





El Spielberg humanista


Existe una constante en prácticamente toda la obra de Spielberg:


la búsqueda de conexión, conectar con otro, comprender al otro.


Encontrar humanidad donde parecía no existir.


El cineasta ha utilizado para ello niños, extraterrestres, robots, soldados, dinosaurios, espías, científicos, familias y supervivientes.


Cambian los mundos, no cambia la pregunta.


¿Podemos comprender aquello que no somos?


El día de la revelación continúa esa búsqueda, pero introduce una diferencia importante, esta vez no se trata solamente de descubrir al otro, se trata de descubrirnos a nosotros mismos frente al otro.


Y eso convierte la película en una especie de capítulo tardío de una conversación que Spielberg comenzó hace casi cincuenta años.





Algunas críticas han señalado precisamente esa distancia respecto al Spielberg más clásico, mientras otras han destacado el dominio de la puesta en escena, la interpretación de Emily Blunt y la capacidad del director para recuperar el espíritu de su cine de ciencia ficción y quizá ahí esté la verdadera discusión.


No estamos ante un Spielberg intentando demostrar que todavía puede hacer una superproducción, estamos ante un Spielberg intentando preguntarse qué significa hoy hacer una película sobre lo desconocido.





Spielberg tiene 79 años, podría vivir cómodamente de su propia leyenda, podría repetir fórmulas, podría hacer cine mirando hacia atrás y sin embargo, vuelve a mirar al cielo.


Eso tiene algo profundamente juvenil.





El mismo hombre que con 16 años rodó Firelight, una película sobre científicos y extraterrestres que anticipaba su fascinación por el fenómeno, regresa seis décadas después a la misma obsesión.


Eso no es nostalgia, es curiosidad.


Y quizá esa sea la cualidad más importante que puede conservar un cineasta.


Un Spielberg que conoce perfectamente el lenguaje del espectáculo pero que todavía cree que una película puede provocar algo más profundo que una descarga de adrenalina, aunque me sobran 25 minutos de persecuciones y un final menos enigmático, a no ser que lo deje abierto para una segunda parte.





La película puede provocar una conversación, una duda, puede conseguir que, al salir del cine, levantemos la cabeza durante unos segundos y miremos el cielo y quizá esa sea la verdadera victoria de esta película.


Porque después de tantos años preguntándonos si estamos solos en el universo, Spielberg cambia ligeramente la pregunta.


Ya no importa solamente si ellos existen,

importa qué clase de humanidad encontrarían si decidieran venir.


Y esa pregunta, francamente, da bastante más miedo que cualquier extraterrestre.


No es una obra maestra, pero sí es una película de Spielberg donde simultáneamente se convierte en espectáculo, emoción, misterio y pensamiento, eso ya es una pequeña revelación.




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