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BLANCPAIN Lady B

hace 2 minutos
7 min de lectura

La belleza de hacer pequeño lo extraordinario



La nueva colección BLANCPAIN Lady B, es diferente, parecen haber nacido para ser sostenidos entre los dedos, observados de cerca, descubiertos poco a poco, como una pequeña escultura que, cuando se acerca al oído, revela que está viva.


Con motivo del 70.º aniversario de Ladybird, Blancpain recupera una idea nacida hace siete décadas y la transforma en algo nuevo, una diminuta esfera mecánica de apenas 19 milímetros que no pretende parecerse a un reloj convencional. Su vocación es, ante todo, una joya que mide el tiempo.

Y quizá ahí resida su verdadera singularidad.

Porque Lady B no intenta hacer que un reloj femenino sea más pequeño, intenta demostrar hasta dónde puede llegar la relojería cuando el tamaño deja de ser una limitación y se convierte en un desafío creativo.



Una historia que comenzó con una mujer


Para comprender Lady B hay que regresar a 1956. Era una época fascinada por el futuro. La arquitectura abandonaba poco a poco las líneas rígidas para abrazar las curvas. El diseño industrial exploraba nuevas formas. La era atómica alimentaba una confianza casi ingenua en la tecnología y el progreso. Las ciudades comenzaban a imaginar el futuro con geometrías que parecían llegadas de otro planeta. En ese paisaje nació Ladybird.



Pero detrás de aquella pequeña revolución había también una mujer extraordinaria: Betty Fiechter.

En 1933 se convirtió en copropietaria de la manufactura y, posteriormente, asumió su dirección. Lo hizo en una época en la que las mujeres suizas todavía no tenían derecho al voto —que no llegaría hasta 1971— y en la que dirigir una manufactura relojera constituía un territorio prácticamente reservado a los hombres.

Fiechter no se limitó a preservar una empresa familiar en tiempos difíciles. Desarrolló una visión propia de la relojería femenina: las mujeres no necesitaban únicamente relojes más pequeños o más ornamentales; merecían la misma sofisticación mecánica, el mismo rigor y la misma imaginación que cualquier otro reloj.



De aquella visión surgiría Ladybird y también, bajo su dirección y junto a su sobrino Jean-Jacques Fiechter, algunos de los relojes que acabarían definiendo la identidad de la casa, entre ellos Fifty Fathoms, en 1953, y Ladybird, en 1956.

Lady B recupera ahora aquella historia desde una perspectiva contemporánea, no como una reedición, sino como una conversación entre dos épocas.


La B de Betty. La B de burbuja


Hay algo especialmente hermoso en la elección de una forma tan sencilla, no una caja redonda convencional, sino un pequeño volumen que parece haber sido pulido por el tiempo hasta convertirse en una piedra preciosa.



Lady B tiene 19 milímetros de diámetro y un volumen de apenas 2,9 centímetros cúbicos. La propia manufactura ha elegido el volumen como una de las claves para comprenderla, porque este reloj no se concibe únicamente sobre un plano, se ha pensado en tres dimensiones. Es una pequeña burbuja mecánica, una forma que recuerda inevitablemente al lenguaje biomórfico de los años cincuenta, cuando la curva comenzó a convertirse en símbolo de modernidad.

La esfera parece casi flotar dentro de ese volumen. El realce pulido prolonga sus curvas y crea reflejos que hacen difícil identificar dónde termina una superficie y comienza la siguiente.



El resultado es deliberadamente discreto.

No hay piedras preciosas reclamando protagonismo, no hay exceso decorativo, no hay voluntad de deslumbrar, solo materia, luz y tiempo.


El milagro de la miniaturización


En 1956, el Ladybird Bullet albergaba el calibre R52/R55, un movimiento mecánico redondo de apenas 11,85 milímetros de diámetro que, según la documentación histórica de la manufactura, se convirtió en el más pequeño de su tipo producido en serie en aquella época, pero reducir el tamaño de un movimiento no consiste simplemente en hacer más pequeñas sus piezas, la verdadera dificultad consiste en conservar la fiabilidad.

Aquel calibre incorporaba soluciones destinadas precisamente a mantener su robustez pese a sus reducidas dimensiones, entre ellas una quinta rueda en el tren de engranajes y un sistema de protección contra impactos para el volante.

Casi siete décadas después, Lady B continúa explorando aquella misma obsesión.



Su calibre manufactura 615 mide 15,70 milímetros de diámetro y 3,90 milímetros de grosor. Está formado por 180 componentes, incorpora 29 rubíes y ofrece una reserva de marcha de 38 horas. Late a 3 Hz, equivalentes a 21.600 alternancias por hora, y sus puentes presentan decoración Côtes de Genève. También incorpora una espiral de silicio, pero quizá lo más interesante no aparezca en una ficha técnica, está en la sensación de que

Lady B late.

Y cuando un objeto tan pequeño contiene un movimiento mecánico automático, la percepción cambia. Deja de ser simplemente una pieza que indica las horas y se convierte en algo que responde al movimiento de quien lo lleva, es decir en una relación.



La complejidad que decide desaparecer


Uno de los aspectos más fascinantes de Lady B es precisamente aquello que no vemos. La caja ha exigido más de treinta planos técnicos para construir un volumen de apenas 2,9 cm³. Su arquitectura está formada por dos partes y el fondo queda deliberadamente oculto desde la perspectiva superior. Todo está pensado para que la complejidad desaparezca. Esta es una de las grandes paradojas de la alta relojería: cuanto mayor es el dominio técnico, menos necesidad existe de demostrarlo.

Los acabados pulidos, satinados y microarenados se realizan sucesivamente sobre el reloj ensamblado, protegiendo las superficies que no deben intervenirse, incluso los grabados se mecanizan mediante herramientas de corte mecánico. Es un trabajo casi invisible y precisamente por eso resulta tan importante.


La excelencia relojera no siempre está en añadir.


A veces consiste en eliminar todo aquello que sobra hasta que únicamente permanece lo esencial.



Una esfera que susurra


La esfera opalina continúa esa misma filosofía.

Su tono cálido no necesita piedras preciosas para adquirir profundidad. Los índices aplicados en forma de bastón, realizados en oro, son diminutos, apenas 1,82 × 0,39 milímetros. Son detalles que probablemente pasarían inadvertidos a primera vista, pero la alta relojería también consiste en eso: crear belleza para quien se acerca a verlo. Las agujas mantienen la misma sobriedad. La esfera ofrece únicamente la información necesaria, la hora y poco más. Incluso la corona, firmada con las iniciales «JB», establece un pequeño puente con la historia de Ladybird. Lady B no busca imponerse sobre la muñeca, sino convivir con ella.



Una correa que forma parte de la arquitectura


La correa de piel de becerro de doble vuelta es otro de los elementos que hacen diferente a esta creación, no existen las asas tradicionales, la piel atraviesa directamente la caja a través de una abertura mecanizada en el metal. Es una solución técnicamente delicada que consigue que la correa parezca formar parte del propio volumen del reloj.

El resultado recuerda más a una joya que a un reloj tradicional y esa impresión se refuerza con una pequeña colección cromática: blanco, beige, moka, burdeos, azul, coral y morado. Las correas pueden cambiarse con facilidad, permitiendo modificar el carácter de la pieza sin alterar su esencia.

Es una idea sencilla y extraordinariamente femenina, no porque responda a un código convencional de feminidad, sino porque permite que el objeto se adapte a quien lo lleva. Un día puede acompañar un traje sastre, otro, una noche de gala, o, sencillamente, una muñeca desnuda y una conversación larga frente a una copa de vino.



Acero u oro:

dos maneras de decir lo mismo


Lady B llega en acero inoxidable o en oro rojo de 18 quilates. La esfera permanece esencialmente fiel a la misma idea en ambas versiones: opalina, limpia, sin engastes. Es una decisión importante, la diferencia entre una versión y otra no se construye desde la ostentación, sino desde la materia.

El acero aporta una lectura más contemporánea y cotidiana.




El oro rojo introduce una temperatura distinta, más íntima, más cercana a la joyería, pero ambas comparten el mismo lenguaje, porque Lady B no necesita cambiar de personalidad para cambiar de material.


El verdadero lujo es que algo siga vivo


Durante décadas, el tamaño diminuto de un reloj podía conducir inevitablemente hacia el cuarzo, pero aquí ocurre exactamente lo contrario, Lady B es mecánico, no es un detalle menor, es parte de su identidad.

La manufactura mantiene desde su fundación su compromiso con la relojería mecánica y nunca ha producido un reloj de cuarzo. Por eso este pequeño objeto no podía resolverse de otra manera: tenía que latir y hay algo profundamente contemporáneo en esa decisión.

Vivimos rodeados de objetos que funcionan con una eficiencia casi perfecta y que, sin embargo, permanecen silenciosos.

Un reloj mecánico hace exactamente lo contrario, hace audible el paso del tiempo, lo convierte en materia, en movimiento y por eso quedará guardado en la memoria.



Betty Fiechter y el valor de una herencia


Quizá la parte más conmovedora de Lady B no esté en sus 19 milímetros, está en la mujer que aparece detrás de ellos. Betty Fiechter entendió hace muchas décadas algo que hoy parece evidente, pero que entonces no lo era:


La relojería femenina no debía ser una versión reducida de la relojería masculina.


Podía tener su propio lenguaje, ser técnica, sofisticada y radical. Podía esconder una enorme complejidad bajo una apariencia delicada. Lady B parece recoger precisamente esa idea, que una mujer en 1956 imaginó que un movimiento mecánico extraordinariamente pequeño podía abrir nuevas posibilidades creativas y una identidad femenina que una nueva generación de relojeros ha tomado aquella idea y la ha llevado a otro territorio, no copiando el pasado, sino escuchándolo.


El tiempo como objeto de deseo


Hay una palabra que quizá defina mejor que ninguna otra a Lady B: Intimidad.



Es un reloj pequeño, pero no diminuto en significado. Es discreto, pero no invisible, es delicado, pero profundamente técnico y tiene algo que resulta especialmente atractivo en una época obsesionada con mostrarlo todo: no necesita explicar inmediatamente lo que es. Hay que acercarse, mirarlo, tocarlo, escuchar su pequeño latido. Quizá por eso Lady B resulta tan contemporáneo, porque el verdadero lujo ha cambiado, ya no siempre consiste en tener más, a veces, consiste en tener algo que nos obliga a detenernos.

Algo que no grita, permanece, algo que nos recuerda que, incluso cuando todo alrededor acelera, todavía existe una manera de vivir el tiempo con las manos.



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