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Ana Palacios. Cuando la cámara se convierte en conciencia.

  • hace 7 horas
  • 16 Min. de lectura


Hay biografías que comienzan con un premio, una cámara o una portada, la de Ana Palacios comienza en una cocina, en Zaragoza, en una casa llena de vida, cuando su madre anunció su llegada entre lágrimas y croquetas. Ana era la pequeña de cinco hermanos, la sorpresa final, la última pieza de un hogar ya construido, donde ella aterrizó como quien llega tarde a una conversación… pero decide terminarla contando una historia mejor.





Fue una infancia aparentemente tranquila, pero marcada por algo que no se ve en las fotografías, el cuerpo. Desde muy pequeña convivió con problemas de salud y con una escoliosis que le obligó a llevar corsé durante años. Esa fragilidad temprana no la debilitó; la convirtió en más observadora. Cuando el cuerpo se limita, la mente se expande, cuando no puedes correr, aprendes a mirar y Ana aprendió pronto que la vida tiene capas y que muchas veces lo esencial no está en lo evidente.





En el colegio era inquieta, gamberra, líder, hiperactiva y brillante en lo que realmente importa, el instinto creativo. Su asignatura favorita era dibujo. Todo aquello que le permitiera inventar mundos, construir escenas, imaginar historias. Se apuntaba a teatro, a coro, a cualquier actividad extraescolar que le permitiera ser otra persona durante un rato. No porque quisiera escapar, sino porque ya estaba ensayando —sin saberlo— el arte de narrar.


Mientras otros memorizaban fechas, ella fabricaba universos...

Y en esos universos aparecieron el cine y las películas de Spielberg de los años ochenta, los grandes relatos emocionales, las películas que hoy llamamos “de palomitas”, pero que en realidad eran una escuela de sensibilidad. Ana no solo veía las películas, las vivía, las atravesaba como si le estuvieran ocurriendo a ella. Ese nivel de implicación emocional, ese “alto voltaje”, sería más tarde la columna vertebral de su mirada documental.





Porque antes de convertirse en fotógrafa, Ana Palacios era algo más raro y más valioso: una niña que entendía que la realidad no se mira con los ojos, sino con el alma y quizá por eso, cuando años después el mundo le mostró el dolor, la pobreza, la injusticia o el abandono, no sintió curiosidad, sintió responsabilidad.


No fue una vocación repentina, fue una historia que llevaba años escribiéndose en silencio....


Del cine al pulso de lo real


Esa sensibilidad no se apagó con los años, solo cambió de forma.





Como ocurre con las personas que sienten demasiado, Ana creció aprendiendo a domesticar su intensidad, a convertir el impulso en disciplina, la emoción en estructura, la intuición en oficio y así llegó al cine, a los grandes rodajes internacionales, a la maquinaria impecable de la producción audiovisual donde todo está medido, programado, coordinado.





Allí aprendió a trabajar bajo presión, a sostener el ritmo de equipos gigantescos, a organizar el caos como quien coloca piezas en una mesa infinita. Aprendió lo que significa construir una historia desde el engranaje invisible, horarios, localizaciones, decisiones rápidas, responsabilidad constante.





Pero también aprendió algo más silencioso, que una vida puede estar llena de éxito… y aun así puede sentirse vacía, porque cuando el espectáculo termina y las luces se apagan, queda una pregunta inevitable:


¿Para qué sirve todo esto?


Y esa pregunta, que en muchos se queda dormida, en Ana empezó a crecer como una raíz.





A los 37 años llegó a la India, no como un destino turístico ni como un viaje de descanso, sino como una experiencia personal que terminó convirtiéndose en una revelación. Allí no había glamour, ni guion, ni segundas tomas, solo vida real, niños, hospitales, pobreza, dignidad, dolor, humanidad cruda y entonces ocurrió lo que solo ocurre una vez en la vida, el mundo le mostró su verdadero rostro.


Sin buscarlo, Ana se encontró frente a historias que no pedían ser fotografiadas, sino comprendidas, historias que no necesitaban una cámara para ser bellas, sino una mirada capaz de no traicionarlas.





Compró su primera cámara profesional casi como quien toma una decisión irreversible. No sabía aún qué haría con ella, pero descubrió algo más importante: que ya no podía mirar hacia otro lado, porque hay momentos en los que la vida no te ofrece una oportunidad, sino un mandato.


Y aquí estaba el de Ana.





Desde entonces, Palacios dejó de trabajar para la ficción y comenzó a trabajar para la verdad, la única verdad que importa en el documentalismo serio, la verdad que nace de la escucha, el respeto y el tiempo.


La fotografía se convirtió en su lenguaje y el mundo, en su historia....



La fotografía como

acto de respeto


Su fotografía documental se construye desde una ética de convicción profunda, en la que mirar no da derecho a interpretar. Cada proyecto es una investigación exhaustiva, una inmersión paciente en realidades complejas donde la cámara se convierte en una herramienta de mediación, nunca de poder.


Ana no fotografía para demostrar nada; fotografía para ser altavoz y comprender.

Y ese matiz lo cambia todo.





Vamos a descubrir algunos

de los proyectos más destacados

de Ana Palacios.



La trayectoria de Ana Palacios no se entiende como una suma de viajes, sino como una colección de inmersiones. Vamos a descubrir algunas de sus historias documentales. Cada proyecto implica tiempo, convivencia, aprendizaje cultural y una pregunta esencial:


¿Cómo contar sin deformar?


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India:

El origen de la mirada





India fue su punto de partida y su nacimiento profesional, allí comenzó todo: la primera cámara, el primer contacto real con el voluntariado, la primera lección sobre el peligro de interpretar una escena desde una mirada ajena. India le enseñó que el documentalismo no es ir a fotografiar al mundo, sino aprender a escucharlo con paciencia y observación calmada.





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Tanzania:

Los albinos y

la vida bajo amenaza



Albinos perseguidos por la superstición, condenados por el sol.




En Tanzania, Ana Palacios documentó una realidad profundamente incómoda: la persecución de personas con albinismo. Una historia donde la violencia se alimenta de superstición y donde existir puede ser un acto de resistencia. Su mirada no busca dramatizar, sino testimoniar. En ese proyecto la fotografía se convierte en una forma de protección, mostrar para que el mundo no pueda fingir que no lo sabía.





En Tanzania, el miedo tiene forma humana, no es abstracto, no es simbólico, es real.


Durante años, las personas con albinismo han tenido que huir de sus aldeas para salvar la vida, no por una guerra, no por una catástrofe natural, sino por una persecución alimentada por la superstición; traficantes de cuerpos humanos que mutilan y asesinan para vender extremidades y órganos a brujos que elaboran supuestas pociones de “buena suerte”. Una violencia ancestral convertida en negocio.


Ante esta amenaza, el gobierno tanzano se ha visto obligado a crear centros especiales de protección, refugios donde los albinos se esconden para no ser cazados, pero, paradójicamente, el enemigo más constante no siempre lleva machete. El enemigo más tenaz es el sol, el sol africano, implacable, cae sobre la piel sin defensa y la consecuencia es devastadora, si no se protegen adecuadamente, muchas personas con albinismo desarrollan cáncer de piel antes de los treinta años que se convierte en una muerte lenta, cotidiana, silenciosa, no por falta de ciencia, sino por falta de acceso a la sanidad.





Este proyecto documental se articula en dos partes complementarias:


La primera es un relato visual de la vida diaria en el refugio de Kabanga, donde la ONG española AIPC Pandora desarrolla un trabajo social clave para apoyar a la comunidad albina, fomentar la sensibilización y construir una red de protección real, tanto física, como emocional. Porque el miedo no desaparece cuando se cierra una puerta; sino que permanece en la memoria.



La segunda parte del proyecto nos traslada al Regional Dermatologic Training Centre (RDTC) del Hospital de Moshi, donde médicos, sanitarios y farmacéuticos españoles colaboran con instituciones locales para combatir dos amenazas simultáneas: la discriminación y el cáncer de piel.





Su estrategia no se limita a curar, busca transformar. Incluye prevención, campañas de concienciación, formación especializada y cirugías. Una respuesta integral que entiende que el problema no es únicamente médico, sino social: el albinismo en Tanzania no solo quema la piel, también rompe el lugar que una persona ocupa en el mundo.


Este trabajo cuenta además con el apoyo de la ONG África Directo, impulsando acciones concretas como su contribución al proyecto Kilisun, centrado en la fabricación sostenible de cremas solares específicamente destinadas a proteger a las personas con albinismo.





Porque aquí la crema solar no es un producto cosmético, es un escudo, es supervivencia embotellada.


Este proyecto no documenta solo una tragedia, documenta una injusticia evitable y nos obliga a mirar una verdad incómoda, en algunas regiones del mundo, nacer con una piel distinta puede ser una sentencia y aun así, en Kabanga y en Moshi, entre refugios y quirófanos, entre manos médicas y cuerpos resistentes, emerge algo más poderoso que la superstición, la dignidad.


La dignidad de quienes sobreviven y la de quienes se niegan a que el mundo siga mirando hacia otro lado...



Hay un libro que relata algunas de sus historias y puedes comprarlo aquí





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Zambia:

La infancia esclavizada





En Zambia, su cámara se acercó a historias de infancia vulnerada, niños atrapados en formas de esclavitud contemporánea, realidades que persisten precisamente porque ocurren en silencio.


Ana Palacios no retrata el dolor como mercancía, lo retrata con respeto, con esa distancia justa que no anestesia la tragedia, pero tampoco la explota y muestra la vida e historia de algunos de esos personajes.





Hay un libro que cuenta todas la historias y que puedes comprar aquí





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Uganda.

Arte en movimiento:

La belleza como resistencia





En un mundo que mide el éxito en cifras, métricas y velocidad, hay una fuerza silenciosa que no cotiza en bolsa y, sin embargo, sostiene civilizaciones enteras: la capacidad de crear.


En los territorios donde Ana Palacios trabaja —marcados por enfermedad, exclusión o pobreza estructural— el arte no aparece como entretenimiento, sino que aparece como necesidad, como infraestructura emocional, como un sistema nervioso colectivo que impide que la comunidad se fracture del todo.



Cuando un cuerpo estigmatizado baila, está reclamando territorio; cuando una comunidad canta, está reconstruyendo identidad, cuando alguien crea belleza en medio de la adversidad, está desafiando la narrativa de la derrota.


Eso es arte en movimiento.


No es estética, es estrategia de supervivencia.


La cámara de Ana Palacios capta algo que trasciende lo visual, el instante en que la creatividad devuelve a una persona el control sobre su relato. En contextos donde otros han definido su historia —la enfermedad, la pobreza, la superstición— el arte permite reescribirla. Y esa reescritura es profundamente política.


Porque el movimiento es libertad...

Desde una perspectiva contemporánea, esta reflexión interpela directamente al concepto de lujo. El lujo tradicional se ha asociado a la exclusividad material, pero el lujo del siglo XXI —el que realmente marcará la diferencia cultural— será el acceso a profundidad, a conciencia, a experiencias que transformen.


Y ahí el arte juega un papel decisivo.





El verdadero lujo no será poseer objetos bellos, será participar en la belleza con significado.


En los proyectos documentados por Ana Palacios, el arte no aparece como ornamento, es resistencia emocional, es cohesión social, es pedagogía invisible, es salud mental comunitaria, es liderazgo cultural sin discursos.


Mientras el mundo debate sobre innovación tecnológica y desarrollo económico, estas comunidades recuerdan algo esencial: la creatividad no es un accesorio del progreso, sino su raíz.


Y quizá ahí radique la lección más poderosa para quienes diseñan el futuro —empresarios, líderes culturales, estrategas—:


"Sin arte, no hay resiliencia,

sin belleza, no hay relato sostenible,

sin movimiento, no hay evolución".


Ana Palacios no fotografía solo cuerpos en danza, fotografía sistemas que se niegan a colapsar y en ese gesto, nos ofrece una definición renovada de sofisticación, la elegancia de quien crea incluso cuando todo invita a rendirse.


Porque la belleza, cuando nace en la adversidad, deja de ser adorno y se convierte en fuerza.





Su obra no se limita al conflicto social, también explora el arte y la cultura como fuerzas que sostienen a las comunidades incluso en los contextos más adversos. El movimiento —humano, artístico, emocional— aparece como metáfora, incluso cuando todo se rompe, la vida insiste en crear belleza.





Hay un libro que cuenta la vida de algunos personajes con imágenes impactantes cuyo título es “Arte in Movement” y que puedes comprar aquí





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Amazonas:

Naturaleza como urgencia





En sus proyectos vinculados al Amazonas, la narrativa se desplaza hacia el territorio, ya no se trata solo de documentar personas, sino de comprender la relación entre humanidad y naturaleza como una cuestión de supervivencia ética.


Aquí el documentalismo se vuelve casi profético, no solo muestra lo que ocurre, sino lo que estamos a punto de perder.







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Benín

The skin of Africa

La herida invisible





En Benín, 56 de cada 1.000 niños nacidos vivos mueren y 405 de cada 100.000 mujeres fallecen durante el parto. Esas cifras no hablan solo de tragedia, hablan de un sistema sanitario al límite, donde la supervivencia no es un derecho garantizado, sino una posibilidad incierta.


Es en este escenario donde se desarrolla Benin Under Your Skin, un proyecto documental que retrata el día a día de médicos y pacientes en hospitales, clínicas, maternidades, centros de rehabilitación, urgencias y sesiones de sensibilización comunitaria. Un relato construido desde el terreno, donde la fotografía deja de ser imagen y se convierte en testimonio.


Benín, con casi diez millones de habitantes y situado en el puesto 165 de 187 en el Índice de Desarrollo Humano (datos 2022), es uno de los países del mundo más afectados por la úlcera de Buruli, una enfermedad tan devastadora como invisibilizada.



La llaman “la enfermedad misteriosa”, no porque sea nueva, sino porque sus causas aún se desconocen. Forma parte de las enfermedades tropicales desatendidas y pertenece a la misma familia que la lepra y la tuberculosis. Su mecanismo es silencioso y cruel, destruye la piel y los tejidos blandos hasta provocar grandes úlceras abiertas, normalmente en brazos y piernas. Lo más inquietante es su progresión, puede avanzar sin dolor al principio, como si el cuerpo no quisiera alertar a tiempo y cuando la herida se manifiesta, ya ha comenzado la batalla.



Frente a este escenario, la Fundación Anesvad, cuyo lema es “por el derecho a la salud”, decidió responder a la llamada. Presente en Benín desde 2002, su apoyo ha evolucionado desde la atención inmediata a una estrategia integral que aborda el problema desde múltiples frentes, prevención e información comunitaria para identificar la enfermedad a tiempo, refuerzo de la salud materno-infantil, acceso garantizado a servicios de salud sexual y reproductiva, mejora de la nutrición en pacientes atendidos en centros sanitarios, y acciones esenciales de higiene y saneamiento en las zonas más afectadas.


Una visión holística que no solo combate una enfermedad, sino un sistema de vulnerabilidad.



El resultado no es únicamente sanitario, también estructural. Estas acciones han contribuido a reducir la mortalidad asociada a la úlcera de Buruli y a mejorar indicadores clave de salud en madres y niños menores de cinco años. Y como consecuencia —quizá la más poderosa— también han surgido avances en igualdad de género y autonomía de las mujeres, demostrando que el derecho a la salud no es un asunto médico, es un asunto de dignidad, de justicia y de futuro.


Benin Under Your Skin no documenta únicamente heridas en la piel, documenta una herida más profunda, la de un mundo que todavía permite que una enfermedad tratable sea una condena. Y, al mismo tiempo, documenta la fuerza y resistencia, de aquellos quienes curan, la de quienes luchan, la de quienes nacen incluso cuando el suelo es la única cama disponible.





Porque en África —como en la vida— a veces la esperanza no se anuncia con grandes discursos, a veces simplemente respira y sobrevive.


Si has llegado hasta aquí y esta historia ha dejado huella, hay algo más que debes saber, este proyecto cuenta con una exposición disponible, una oportunidad para ver, sentir y comprender de cerca lo que ocurre cuando la fotografía se convierte en conciencia.





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Soul Music


Músicos para la salud,

cuando la armonía también cura




En hospitales donde la urgencia marca el ritmo y el silencio pesa más que las palabras, hay algo que no figura en los protocolos clínicos pero transforma el ambiente: la música.


Dentro del universo documental de Ana Palacios, Soul Music, es un proyecto donde Músicos para la Salud emerge como un concepto sanador alternativo, donde el arte deja de ser contemplación y se convierte en intervención. No hablamos de conciertos, hablamos de presencia armonica.


Músicos que cruzan la puerta de hospitales, centros de rehabilitación y unidades pediátricas para llevar algo que no se prescribe en una receta médica, pero que produce un alivio emocional.



La escena es sencilla y poderosa a la vez, una guitarra afinándose en un pasillo, un violín que rompe el zumbido mecánico de una sala de espera, un tambor suave marcando un pulso distinto al de las máquinas. El efecto no es espectacular, es profundo, porque la música actúa donde la palabra no alcanza.


En contextos de enfermedad —especialmente en entornos vulnerables— el cuerpo se convierte en territorio de dolor, incertidumbre y pérdida de control, la música devuelve su agencia. Permite respirar de otra manera, Permite recordar quién se es más allá del diagnóstico.



Desde una perspectiva médica, los estudios sobre musicoterapia muestran reducción de ansiedad, mejora del estado anímico, descenso de percepción del dolor y mayor conexión entre pacientes y cuidadores. Pero más allá de la evidencia científica, hay algo que se percibe en el aire, la dignidad empática, cambia de temperatura.


Un niño hospitalizado deja de ser “paciente” y vuelve a ser niño cuando canta, una madre angustiada encuentra un instante de descanso cuando escucha una melodía conocida, un profesional sanitario, agotado, sonríe sin darse cuenta. La música crea comunidad incluso en el aislamiento.



En este proyecto, Ana Palacios no documenta actuaciones, documenta micro transformaciones. El instante en que una habitación clínica se convierte en espacio humano, el momento en que la enfermedad deja de monopolizar la narrativa y aquí aparece una reflexión mayor.


Si el lujo contemporáneo se redefine como bienestar integral, la cultura —y en este caso la música— no puede seguir siendo un complemento decorativo, debe ser infraestructura emocional, salud preventiva y cohesión social.



Soul Music demuestra que el arte no solo denuncia o embellece, también sostiene. Y en entornos donde la vulnerabilidad es extrema, sostener es un acto radical.


En coherencia con el enfoque global de Ana Palacios, este proyecto no romantiza el dolor, no convierte la enfermedad en escenario, muestra algo más complejo, cómo la cultura puede integrarse en el sistema sanitario como herramienta de cuidado.



Porque curar no siempre es eliminar una enfermedad, a veces, es devolver esperanza, ofrecer un momento de normalidad en medio del caos.


Y cuando un hospital vibra al ritmo de una guitarra, ocurre algo casi invisible pero decisivo: la humanidad recupera espacio y el tiempo se detiene.


En un siglo obsesionado con la innovación tecnológica, quizás la verdadera revolución sanitaria no sea solo digital, también deba ser emocional.


Y en ese futuro, la música no será entretenimiento, será medicina.





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Periodismo de soluciones:

narrar el mundo con responsabilidad



La fotografía de Ana Palacios se sitúa en el territorio del periodismo de soluciones, no se limita a señalar el drama; busca entender quién está luchando, cómo se articula esa lucha y qué caminos existen para construir alternativas.


Sus proyectos no son instantáneas, son mapas, mapas emocionales, sociales, humanos y que duran años en fraguarse.


Por eso su trabajo se desarrolla en distintos formatos: libros, exposiciones, conferencias, documentales, publicaciones editoriales. La imagen es el núcleo, pero no es el fin. La fotografía se convierte en un detonante, una puerta abierta a la conversación pública, a la educación, a la conciencia colectiva.



La cámara como puente



Para Ana Palacios, la cámara no es un objeto artístico, es un acceso, una llave, un puente hacia realidades a las que, sin esa herramienta, jamás habría podido llegar. Y ese privilegio, en su caso, nunca se vive como un derecho, sino como una responsabilidad.


Cada proyecto supone una implicación emocional, un desgaste fisico, un tiempo de digestión…Porque mirar el dolor del mundo de cerca deja huella y contar historias ajenas exige pagar un alto precio interior, pero ella insiste, porque cree que:


La fotografía todavía puede servir para algo, no para impresionar, sino para transformar.


La otra frontera ética:

Los animales



Después de la pandemia, su trabajo se expande hacia un territorio que redefine su visión: los santuarios de animales.





Allí descubre algo decisivo, los animales no son símbolos ni recursos, son individuos, seres con carácter, vínculos, memoria… Y, sobre todo, con una sensibilidad que la sociedad moderna ha preferido ignorar.





A partir de esa experiencia, Ana Palacios adopta un cambio, no como postura estética, ni como gesto de moda, sino como consecuencia natural de una nueva conciencia. Cuando se mira de verdad, ya no se puede volver atrás.


La ética que comienza cuando nadie mira.

Después de años documentando heridas humanas, Ana Palacios desplazó su mirada hacia otra frontera ética: la relación entre el ser humano y los animales. No fue un giro temático, fue una evolución natural.





En los santuarios de animales encontró algo que conecta directamente con su trayectoria: vidas vulnerables, sistemas de explotación normalizados y una pregunta incómoda que la sociedad prefiere no formular.


Si la dignidad es un valor universal, ¿Dónde trazamos sus límites?

Los santuarios que documenta no son zoológicos ni parques exóticos, son espacios de recuperación para animales rescatados de la industria alimentaria, del entretenimiento, del abandono o del maltrato. Lugares donde el objetivo no es exhibir, sino reparar.


Allí la cámara vuelve a cumplir su función original: observar sin invadir.


Lo que Ana descubre en estos espacios transforma el enfoque. Cada animal tiene carácter, tiene memoria, tiene vínculos, tiene trauma. La narrativa deja de ser colectiva y se vuelve individual. Ya no se habla de “ganado” o “especie”, sino de biografías.


Un cerdo que aprende a confiar de nuevo, una vaca que reconoce a quien la cuida, un caballo que reacciona al contacto humano con cautela primero, con serenidad después.





En ese proceso, el santuario se convierte en algo más que un refugio físico, es un laboratorio moral.


Porque obliga a replantear categorías profundamente arraigadas:


¿Qué vidas consideramos protegibles?

¿Qué sufrimiento nos resulta aceptable?

¿Qué significa convivencia inter-especie en el siglo XXI?


Desde una perspectiva estratégica, este trabajo amplía el marco del documentalismo clásico. No se trata únicamente de denunciar sistemas de explotación, sino de documentar alternativas, modelos sostenibles, formas distintas de producción, de consumo y de relación con el entorno.


En los santuarios, la ética deja de ser teoría. Se vuelve práctica cotidiana, alimentación responsable, cuidados veterinarios continuos, sostenibilidad, educación ambiental.


Y aquí emerge una dimensión que dialoga directamente con el liderazgo contemporáneo y el lujo consciente con una nueva visión, la coherencia.


Ana Palacios no se limita a fotografiar estos espacios. La experiencia transforma su propia vida, cambiando su alimentación y adoptando un nuevo estilo al hacerse vegetariana, no como gesto ideológico, sino como consecuencia lógica de haber mirado de cerca. Cuando se comprende, se decide.





Ese es el núcleo de su filosofía.


El enfoque de los santuarios no busca sentimentalismo, busca responsabilidad y nos enfrenta a una transición cultural que ya está en marcha, la ampliación del círculo de empatía.


En un momento histórico donde sostenibilidad y ESG (Environmental, Social y Governance) se han convertido en términos corporativos recurrentes, el trabajo en santuarios aporta una lectura más profunda, no hay sostenibilidad real sin compasión estructural, no hay innovación ética si seguimos normalizando la cosificación de vidas sensibles.


Los santuarios representan, en ese sentido, un anticipo del futuro.


Un futuro donde la grandeza de una sociedad no se medirá solo por su PIB, sino por cómo trata a quienes no pueden defenderse.





Y una vez más, la cámara de Ana Palacios no busca imponer un discurso.

Propone una pregunta.


¿Hasta dónde llega nuestra responsabilidad?


Porque la verdadera sofisticación del siglo XXI no será tecnológica, será moral.





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Una autora imprescindible para nuestro tiempo



En Vida en Digital creemos que la obra de Ana Palacios dialoga con las grandes urgencias del siglo XXI:


La ética de la imagen, la responsabilidad narrativa, la necesidad de frenar y comprender antes de opinar. Su trabajo no grita, permanece, no invade, acompaña, no juzga, escucha y en ese gesto, profundamente humano, reside su verdadera fuerza.


En una época que el sufrimiento se convierte en espectáculo, Ana Palacios propone una idea revolucionaria:



Contar una historia también puede ser un acto de ternura y quizá esa sea hoy la forma más elegante —y más valiente— de hacer periodismo.


Gracias Ana Palacios



Si estáis interesados en cualquiera de sus imágenes, o de sus proyectos, para realizar una exposición, conferencias o charlas, no dudéis en contactar con ella. me@ana-palacios.com


Mas información y proyectos aquí: https://www.ana-palacios.com/




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